Fue otra de las hijas espirituales de san Juan de Ribera que destacó por la hondura de su fe y de su consagración. Nació en Alicante en 1588, en el seno de una familia de nobles genoveses establecidos en la ciudad, y fue hermana del canónigo y escritor Sebastián Nicolini.
Desde joven, Jerónima se sintió atraída por la vida espiritual. Alimentaba su fervor con el rezo diario del Rosario, la asistencia frecuente a la misa y la lectura de autores como Luis de Granada, Pedro de Alcántara y santa Catalina de Siena. A los 15 años vivió lo que ella misma llamó su “conversión definitiva” y vistió el hábito de terciaria dominica.
Años después, al conocer la reciente fundación de las Agustinas Descalzas y el proyecto de fundar en La Ollería, percibió una llamada especial del Señor a una vida de mayor oración, soledad, quietud y recogimiento. Ingresó en el monasterio de San José y Santa Ana cuando apenas llevaba diez meses de fundado. Tomó el hábito el 3 de junio de 1612, por lo que fue una de las primeras vocaciones del monasterio. Su ejemplo lo siguieron tres de sus hermanas: Juana Ángela de San Nicolás, Blanca de Jesús y Agustina de la Trinidad, esta última fallecida durante el año de noviciado.
Emitió su profesión religiosa el 5 de junio de 1613, recibiendo el velo de Esposa de Cristo. Su equilibrio y buen juicio fueron muy valorados por la comunidad, que la tuvo por consejera prudente y fiable. Nueve meses después de profesar fue nombrada maestra de novicias. Destacó por su profunda humildad y su vida de austeridad y mortificación.
Poco después fue elegida priora, aunque recibió el título de vicaria por no tener aún la edad requerida para el oficio, tras la dispensa del obispo diocesano. Ejerció el gobierno durante veinte años, un tiempo decisivo tanto para su propia madurez espiritual como para la historia del monasterio. Fue, en el trato cotidiano, una verdadera madre para todas: cercana, disponible y atenta a quien la necesitara.
En beneficio de la edificación espiritual de sus hijas, supo poner al servicio de la comunidad los dones recibidos, especialmente su discernimiento de los espíritus, siempre con gran discreción y movida por la caridad. Manifestó especial devoción a la Virgen María, san José, santa Ana, san Agustín, santo Domingo y san Francisco de Asís. Ayunaba casi a diario, de modo que —según se decía— “solo comía para vivir, y no vivía para comer”, y llevaba cilicios en distintas partes del cuerpo.
Sus éxtasis, visiones, apariciones y su intensa meditación de la Pasión del Señor —fuente principal de su oración e inspiración— llevaron a su confesor, el P. Barberán, a pedirle que escribiera sus apuntes espirituales. Estos textos se conservan junto con testimonios de religiosas que convivieron con ella y que dan fe de su vida singular.
Tras una larga enfermedad, falleció el 26 de mayo de 1651. Su cuerpo fue depositado en un arca de madera en un hueco de la pared, junto a las sepulturas del convento, y desapareció durante la Guerra Civil. Son numerosos los favores y curaciones atribuidos a su intercesión.































