Discernimiento y vocación: Agustinas Descalzas

San Agustín, nuestro Padre, nos dijo:

¿Quién fui y quién soy Señor? La misma de ayer, hoy enamorada. He cambiado la moto que tanto me ilusionó en mis dieciocho cumpleaños, por un sitio en el coro para cantar de Ti y para Ti. Nunca he sido tan feliz porque, con los miles de horizontes lejanos y cercanos que hoy veo, esas ansías de grandes cosas están cubiertas con tu amor. Siento que mi cuerpo vive aquí escondido y mi alma vuela lejos. Más que nunca.

Al entrar al convento, todos se sorprenden, caras de “Pobreta… y para siempre”. Mi vida dio un giro, sí: el giro que pensaste para mí desde antes de nacer. Y aquí estoy, pendiente de ti y de tus cosas. Tus cosas, son ya mías. Mi vida es saberme en cualquier rincón en tu presencia, dejándome habitar por Ti. Es la pretensión de mi vida, eres mi Sol cada mañana. Dejé todo por Ti, mi TODO.

 

Nuestro saludo

¡¡¡Alabado sea el Santísimo Sacramento!!! ¡¡¡Sea por siempre bendito y alabado!!!

María toma la delantera…

Nuestro mejor modelo humano es María. A Ella nos confiamos en el empeño de amar a Jesús como se merece. Como Ella, queremos ser ofrenda.  Una ofrenda que no escoge el sitio: da igual si está a los pies de la Cruz o en Getsemaní. Eso es una ofrenda permanente y a eso estamos llamadas: a permanecer unidas como María, que ora y guarda las cosas en su corazón.

En las manos de María moldeamos nuestro temperamento, a fin de canalizar nuestras fuerzas e intenciones en solo una ocupación, la que tuvo Ella: amar a su Hijo hasta el final y luego a la Iglesia. Con María arropamos a todos los hombres y mujeres del mundo, sus necesidades. Todo cabe en nuestra oración.

Solo una cosa es importante…

La agustina descalza tiene como principal ocupación la oración, que traducido es estar en comunión con Dios hagas lo que hagas. Así que durante nuestras ocupaciones es oración. La vida entera, si se ofrece a Él, es una plegaria. Otro pilar de nuestra vida es el trabajo, y procuramos «trabajar siempre, para que coman las demás», no dándole un fin egoísta y utilitario, sino comunitario.

El trabajo también nos equilibra psicológicamente y nos impide el sedentarismo. Casi nunca estamos sin hacer nada, y el tiempo, lejos de lo que cree la mayoría, no sobra como para aburrirse. Vivir alegremente en el trabajo lo mismo que en la oración, dormir plácidamente descansando en Dios, fortalecer los lazos de familia que nos unen, son signos de buena vocación. Cosas que me reafirman: soy feliz.

Adorando al Dios de nuestra salvación…

Profesamos los mismos consejos evangélicos que abrazó Jesucristo en su vida terrena: castidad, obediencia y pobreza. Así, mientras peregrinamos por este mundo, procuramos anticipar ya la vida del cielo: vivir siempre en la presencia de Dios, amándole y sabiéndonos profundamente amadas por Él.

La Eucaristía ocupa un lugar central en nuestra vocación. San Juan de Ribera nos fundó para ser almas adoradoras, entregadas en cuerpo y alma a Jesús sacramentado. Por eso, en nuestra comunidad, las hermanas nos turnamos a lo largo del día para acompañar a Jesús en la soledad del Sagrario.

Constituciones

«Después de Jesucristo, María Santísima ha de ser el primer modelo en la práctica de la obediencia».

Caminando en familia…

El camino de la fe no lo hacemos solas. Caminamos en comunidad. Formamos entre todas una familia que vive unida por lazos fuertes en el corazón de Cristo. Así que compartir se vuelve alegría. Para cultivar nuestra amistad como  hermanas dedicamos dos horas diarias al recreo comunitario.

 

En la recreación hablamos, nos contamos las noticias, hacemos reír a las hermanas. Todas y de cualquier parte, estamos unidas en el ideal más alto, la aspiración más sublime, ser como decía el Apóstol Pablo. «Alabanzas de su Gloria».

ver el

VÍDEO

en el corazón de la Iglesia